13 mar. 2007

Del diario de Pablo Soler

El Canova del abuelo. Finalmente me lo traje a casa.
El niño que escribe.
Siempre me fascinó y siempre lo detesté.
Me fascinaba que fuera tan perfecto, tan liso, tan blanco, tan frío. Verlo desde abajo, puesto en ese mueble más alto que yo, sin poder ver lo que escribía. Nunca dejaba de escribir. ¿Qué hacía un niño, casi desnudo, tan pequeño, ahí escribiendo? ¿Qué escribía?
Le tenía envidia, también. Por ser tan perfecto. Por ser más blanco y liso que yo. Por saber escribir desde tan chiquito. Porque quería tocarlo y ver lo que escribía, y no me dejaban.
Ahora sí puedo ver lo que está escrito en su tablita del mismo mármol del que está hecho él. “Canova”. Así, en imprenta mayúscula: CANOVA. Y nada más. (No sé qué me esperaba, pero no era eso. Aunque era lo más lógico. De todos modos nunca me imaginé así la firma de un artista. Tan clara, prolija, perfecta. Para mí los artistas firmaban en cursiva.)
Tal vez lo sigo envidiando. Él escribe. No deja de hacerlo. Y no envejece.
Y no se pregunta lo que yo siempre me sigo preguntando.
¿Por qué no fui el niño de Canova?

22 agosto 1992


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